“Estoy bien.”
Lo has dicho mil veces… Incluso cuando no lo estabas.
“Me encanta.” Cuando la realidad es que no te gusta.
“Sí, claro cuenta conmigo.” Aunque por dentro sabes que no puedes más.
Y tantas otras situaciones de la vida.
¡Cuánto callamos para no molestar! Para no parecer débiles. Para evitar líos. Para seguir encajando en lo que “debería” ser. Para no quedarnos solos. Para no perder el trabajo. Para gustar.
Pero ¿cuánto te cuesta ese silencio?
Ese de tantas palabras no nombradas, que agota por dentro. Ese que no explota y se convierte en dolor. Ese que se acumula en el cuerpo… y luego sale como puede.
Porque ¿Sabías que muchas molestias físicas están relacionadas con emociones y palabras importantes no dichas?
– En tu sistema digestivo (el hígado y el estómago son expertos en guardar lo no digerido).
– En la garganta, donde se atascan las palabras no dichas.
– En la espalda, donde se cargan responsabilidades que no son tuyas.
– En el corazón, donde se acumula lo que nunca tuviste espacio para sentir.
Y no solo pasa en el cuerpo.
También en la mente: Empiezas a dudar de ti, pierdes claridad, te cuesta pedir y/o poner límites y te desconectas de lo que en verdad necesitas.
Callarte te protege, sí. Pero también te rompe. En tus relaciones, en tu autoestima, en tu energía, en tus proyectos, en tus sueños…
Y hay quien llama a eso madurez. Pero muchas veces no es madurez: Es miedo, conformismo, autoabandono, automaltrato…
Ser una persona madura no es callarte todo. Es aprender a expresar lo que sí importa sin destruirte ni destruir. Aunque al principio no sepas cómo y no te salga perfecto.
Y no me interpretes mal:
No se trata de ir gritando lo que te pasa.
Se trata de darte el permiso para decir lo que necesitas.
De dejar de hacer como si no doliera.
De dejar de quitarle importancia.
De dejar de ponerte en segundo plano todo el tiempo.
De no posponer más tus sueños.
De dejar de aceptar situaciones que no quieres.
A veces es susurrar algo por primera vez.
Es llorar sin excusas.
Es decir “necesito ayuda” o “esto me duele” aunque la voz te tiemble.
Algunos al silencio le llaman madurez, pero muchas veces no lo es.
Porque no expresar lo que nos importa y contenerse siempre, es algo muy diferente a la madurez.
Es miedo. Es costumbre. Es autoabandono. Es automaltrato.
Hoy quería recordarte sobre todo que tu voz no es solo lo que dices.
Es cuánto te quieres, cuánto te valoras, cuánto te respetas.
Y es lo que te permite sentirte viva. O vivo.
Con cariño
M. Eugenia
PD: Y si aún no sabes cómo empezar, puedes hacerlo poco a poco, entrando en nuestra membresía:
Abre la puerta a una expresión libre y auténtica por solo 9 €.
Acceso al “Circulo de Voces Auténticas”